“Ahora resulta que esos estúpidos, imberbes, que gritan, pretenden
tener más méritos que aquellos dirigentes sabios y prudentes que, desde
las organizaciones gremiales, mantuvieron viva la llama del movimiento
durante 18 años” (Juan Domingo Perón, 1º de mayo de 1974)
En 1908 surgió en el Imperio Otomano un nuevo movimiento
encabezado por jóvenes militares, de orientación nacionalista y
reformista que tenia como discurso terminar con el autoritarismo del
Califa, establecer que todos las comunidades autónomas que componían el
imperio eran iguales, industrializar al país y convertir llevar al
Imperio a la modernidad rompiendo las viejas estructuras existentes. El
proceso desembocó fruto de la intolerancia y la inexperiencia de los
líderes de dicho movimiento en una dictadura responsable del primer
genocidio de la era moderna (genocidio armenio) y la derrota en la
primera guerra mundial y posterior desaparición del Imperio Otomano. En
nuestro país “La Cámpora” es un movimiento denominado así en honor al ex
– presidente Héctor J. Campora, fundado en el 2003 que se presenta como
una generación de jóvenes dirigentes que se dicen militantes de la
causa “nacional y popular” que han ido creciendo en influencia en la
juventud argentina a través de la militancia digital en Internét y redes
sociales como Facebock y twiter y que han ocupado en forma progresiva y
especialmente a partir del fallecimiento del ex – presidente Néstor
Kirchner, espacios en la administración de Cristina Fernández hasta
llegar a ser una especie de “guardia pretoriana” al servicio de la
actual mandataria. Su secretario general Andrés Larroque y otros líderes
de la agrupación como ser el Andrés Larroque, Juan Cabandié, Mariano Recalde, José Ottavis y
Eduardo De Pedro, todos coordinados presuntamente por el hijo de la
actual mandataria Máximo Kirchner, han ganado en influencia y cargos
disputando el poder dentro de la administración de Cristina Kirchner, en
detrimento de las otras dos grandes estructuras del movimiento
peronista en las cuales se apoyaron Carlos Menem, Eduardo Duhalde e
incluso el mismo Néstor Kirchner la Confederación General del Trabajo
(CGT) y el Partido Justicialista, tal es así que Cristina Fernández prácticamente ha colocado en las segundas lìneas de cada Ministerio a un integrante de esta agrupación, adicionalmente a los diputados camporistas que ingresaron a la Cámara reemplazando a otros integrantes orgánicos del partido. No obstante lo anterior, su cada vez más notoria e
imprudente voracidad de ocupar las estructuras de poder y “el movimiento
justicialista” han empezado a preocupar y enojar al Secretario General
de la CGT y a los mandatarios provinciales que se ven ignorados,
despreciados y marginados por Cristina Fernández que se ha recostado en
este nuevo movimiento que se erige en guardián ideológico del movimiento
justicialista y se propone reinventar la historia del peronismo
presentándose como el movimiento continuador de la juventud peronista
reivindicando la lucha de las organizaciones armadas de los ’70 y la
figura de Eva Perón y Héctor J. Cámpora por sobre la figura del viejo
general. La realidad hasta ahora es que los discursos de los líderes de
este movimiento son más de cartón que realidad y que hasta ahora se han
distinguido más por sus abultados sueldos, su incompetencia
administrativa que se refugia detrás de las faldas de la actual
mandataria y acciones que se distinguen más por la búsqueda de negocios
particulares y privilegios que por la transformación social de la
realidad argentina.
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